Federico Jiménez Losantos
Llegó a este mundo en Orihuela del Tremedal para demostrar que Teruel existe. Fue el día de Nuestra Señora de los Dolores, el 15 de septiembre del año de gracia de 1951. Entre las efemérides que algo habrán tenido que ver en la forja de su carácter, hacía 1191 años desde que fuera escrito por primera vez el nombre de Castilla, 367 desde la finalización del monasterio de El Escorial y 139 desde que Napoleón y sus tropas alcanzaran el Kremlin. También se conmemora la fundación del Partido Fascista Republicano de Mussolini y la adopción de la svástica como bandera en Alemania.
Comparte natalicio con figuras ilustres como Marco Polo, Agatha Christie, Humberto II de Italia, Adolfo Bioy Casares, Carmen Maura y la Princesa Doña Letizia.
Hijo y nieto de maestros, y menos mal, ya que su escuela estaba copada por la rojería de José Antonio Labordeta y el panfletario José Sanchís Sinistierra.
Su siguiente paso, ya bachiller, fue acudir a la Ciudad Condal a cursar Filología Hispánica, fíjense ustedes en la paradoja. Allí se licencia con una tesina sobre los esperpentos de Valle-Inclán, escritos con tanta preclaridad y anticipación al felipismo.
Eran años convulsos en los que más de un masón ha declarado haber visto a don Federico militando en filas marxistas. Y, bueno, era verdad. ¿Quién no ha hecho alguna locura por una chica en su juventud? O por un chico. En el caso de las chicas. Porque en otro caso, sería pecado. Ténganlo presente, como yo.
Don Federico permaneció unido a aquellos grupos de rojos por razones de solidaridad personal y cristiana con algunos de sus miembros. También oponiéndose desde la clandestinidad al régimen dictatorial, que siempre ha defendido, hasta el día de hoy, que era un “error y un horror”. Su caída de caballo, menos mal que metafórica, se produjo en un viaje a China, donde conoció las auténticas aberraciones del rojerío internacional, ya denunciadas en algunas de sus lecturas previas y, cómo no, en la Biblia. Porque el antiestalinismo y el anticomunismo son la misma cosa y no mezclemos churras con merinas ni manzanas con peras. En cualquier caso, de ahí al liberalismo, un paso lógico: si los comunistas eran los malos, los buenos serían los que los malos decían que eran los malos. Bueno, pero lo malo es que no crean que fue fácil discernir y, como tantos nobles españoles antes, don Federico estuvo a punto de caer en las garras ideológicas de Manuel Azaña. Menos mal que don Pío Moa anduvo al quite.
Esto fue en los 70 y a final de esa década gana el premio de ensayo El viejo topo, revista y editorial que finalmente renuncia con evidente falta de criterio a publicar su Lo que queda de España. No estaban preparados aún para la prosa fina e irónica de este intelectual y le acusan de insultar a varios intocables del rojerío masón catalán en alguno de los capítulos del volumen. Los muy…
También en esos últimos 70, en vísperas del nacimiento de la Constitución Española y el Estado de las Autonomías tan funestamente liquidado funda, junto con Alberto Cardín, la revista de pensamiento Diwan, “la revista cultural más importante, abierta y viva del momento”. Que no lo digo yo, que lo dijeron los filosociatas de El País. Que no porque lo digan ellos va a ser verdad. Pero esto sí era verdad, se lo digo yo.
Surge entonces el manifiesto de los 2.300, que firmaron 2.400, en contra de la discriminación a los castellanoparlantes en Cataluña. Aquello lo firmaron incluso miembros del contubernio nacional-socialista (nacionalistas y sociatas).
La popularidad de don Federico crecía, lo mismo que ahora, ganándose envidias y enemistades. Es víctima de un atentado de Tierra Libre (Terra Lliure), por el que recibe un balazo en la pierna.
Para entonces ya había pedido el traslado a Madrid, dónde se establece como profesor en un instituto y empieza a colaborar para diversos medios como El País y el Diario 16 de don Pedro J. Ramírez. Ese otro prócer ya tenía claro quién era el líder de opinión del país, así que le hizo jefe de opinión del Diario 16. Eso sí, después de que le negara tres veces.
Poco después también fichó como columnista para ABC, entonces diario decano de la prensa, ahora panfleto. No levantamos cabeza, don Luis María.
Empiezan los 90 con una nueva andadura de don Federico en un nuevo medio: las ondas hertzianas. La radio. El desembarco comienza en Antena 3 de radio (y en su siamesa televisiva), como comentarista político. ¿Qué digo comentarista? ¡Sentando cátedra, claro que sí!
Hasta que empezó la campaña de acoso contra don Federico: los socialistas, encabezados por Felipe González Márquez, montan su imperio mediático regalándole Antena 3 a Jesús del Gran Polanco, a PRISA. El antenicidio no acabó con periodistas de raza como Luis y Antonio Herrero, José María García o nuestro filólogo turolense. Todos ellos se acogen a sagrado y se enrolan en la emisora de los obispos. Don Federico acompaña a Luis Herrero en el informativo nocturno: La linterna.
La muerte de Antonio Herrero supone un duro golpe, pero, lejos de hundirse, los damnificados del antenicidio se reestructuran y don Federico pasa a dirigir La linterna hasta que en 2003, con la marcha de Luis Herrero al parlamento europeo, él se queda a defender la democracia, unidad, grandeza y libertad en España cada mañana desde los micrófonos de la COPE. Contra zetapés, panfletarios, sectas y maricomplejines, quien haga falta.
No sólo la radio es su bastión. En 2000 funda un diario de formato exclusivamente electrónico: Libertad Digital. Y, en 2006, humildemente, creamos esta web con el fin de mirarnos en su espejo.
Metafóricamente hablando, claro.
Comenta esta frase
Tu comentario ha sido enviado correctamente.
Se visualizará en unos minutos.
Gracias por participar.
Tu comentario se está enviando en estos momentos.
Gracias por participar.